27 ago. 2008

Cómo acelerar tu PC


A pesar de que la inmediatez, o más bien el deseo de inmediatez, tiene mala fama, la defiendo. Si usted es de los que no pueden aguardar media fracción de segundo a que se abra una foto, si los dos segundos que tarda la página Web en cargar le causan convulsiones, si aguardar el ascensor, el arranque de Windows, hacer una fila en el cine o en el banco le dejan secuelas emocionales irreversibles, entonces es de los míos.

No, no me gusta esperar. Ni siquiera un poco. Si es un defecto, lo lamento, no lo puedo corregir. De hecho, soy fundamentalista respecto del tiempo que se nos roba, y me parece bastante odioso que se confunda la buena y virtuosa paciencia con la pasiva e inútil espera que nos arrebata horas, meses y años de nuestra existencia.

Somos no sólo mortales, es decir, que nuestro tiempo no sólo es limitado, sino que somos conscientes de esta finitud. ¿A quién quieren convencer con el argumento de que la inmediatez es mala? ¿A los que cada año perdemos unas ocho horas esperando el ascensor? ¿O acaso a los que extraviamos cerca de un día, de los 365, confiando en que Windows arranque?

Los ataques, claro, censuran la inmediatez aplicada a aquello que por definición le es ajeno. Precisamente porque estamos hechos de tiempo, hay instancias en las que sólo el paso del tiempo consiente en concedernos el objetivo. La práctica hace al maestro, dicen, y es verdad. Los años también curan las heridas, todas ellas, o casi todas. Los jardines y los buenos vinos no pueden, como casi ninguna actividad relacionada con la naturaleza, despacharse en formato express. La lectura, si es lectura y no un apresurado zapping, y el estudio requieren horas de silencio. Perder el tiempo es enriquecedor, a pesar de lo que el espíritu de nuestro tiempo promulga, y muchas cosas buenas se logran cuando no buscamos lograr nada.

Es más bien la impaciencia lo que se condena y no la inmediatez.

Se vitupera, y con razón en la mayoría de los casos, el intentar ser oportunista con las horas, cuando ellas son inapelables; suena a insensatez, si no acaso a majadería.

Desde hace unos años criticamos el que los jóvenes entiendan la vida como un local de comidas rápidas, como un zapping nervioso, sin plantearnos que les estamos ofreciendo un mundo tan amenazante que pensar en el futuro mete miedo. Quizá deberíamos criticarlos menos y hacer más por ellos. Por donde se lo mire, criticar es otra imprudente pérdida de tiempo.

Además, tengo para mí que hay una cantidad de jóvenes que creen todavía en el esfuerzo, en la siembra y en la cosecha, sólo que no los vemos. Es posible que no los veamos porque hoy escasean, pero en cualquier caso eso es principalmente nuestra responsabilidad, la de los adultos, que debemos dar el ejemplo.

Siempre es ahora, y viceversa

La inmediatez es buena por donde se la mire. Nos deja tiempo para aquello en que la espera fraterniza con la esperanza, no con la desesperación.

Las grandes urbes nos han sometido a una serie de esperas tan inútiles como inevitables. Si alguien viaja una hora para llegar a su trabajo y otra para volver, al cabo de un año habrá extraviado más de veinte días. Un libro, si leer en un vehículo no le causa mareos, o un reproductor de música portátil permitirían aprovechar tanta vida perdida. Pensar también. Tal vez soñar.

Pero estas escuchas y lecturas zanjadas por bocinazos y transbordos, ese picadillo de páginas y canciones en salas de espera, colas en el banco y ascensores nunca saben lo mismo que en casa. Son un apósito.

Cuando hace poco Florencia Pavese, de Philips, abogó en la columna Acceso Directo del suplemento por la teletransportación, la aplaudí. Falta mucho todavía, aunque IBM ya ha hecho algunos experimentos en el nivel de las partículas subatómicas, pero por supuesto que me tienta esa inmediatez. Sí, quiero viajar instantáneamente al trabajo, porque en 30 años de ir y venir se me han ido al menos dos años enteros de vida en colectivos, subtes, taxis, autos, aviones y barcos.

Por eso, no me pidan que les tenga paciencia a mi computadora, a mi celular, al reproductor de música. ¡Un libro es más rápido, caramba!

¿Tenemos que aceptar quedarnos de brazos cruzados dos minutos mientras la PC abre un video que filmamos en las vacaciones? La respuesta es no. Primero, porque la suma de minutos perdidos es inaceptable. Segundo, porque no sirve para nada. El que algunos de nosotros nos hayamos formado en un mundo de computadoras personales sin disco duro, que arrancaban desde diskette y que imponían un impuesto de tiempo abusivo a las tareas más básicas no significa que eso sea bueno en algún sentido. Tercero, porque ya no se justifica. Tampoco tiene sentido golpear el teclado o bufar como un cebú con cefalea.

¿Por qué nos pone la vida en pausa un dispositivo digital? Por varios motivos, pero tres son los más conspicuos: poca capacidad de cálculo, poca memoria, o una unidad de disco duro antediluviana y lenta.

CPU

La capacidad de cálculo es, grosso modo, la velocidad con que el cerebro electrónico (o CPU, por Central Processing Unit ) de una computadora, un celular o una cámara digital cumple con nuestras órdenes. ¿Por qué alguien le pondría un chip lento a un equipo? Simple: para ahorrar costos en tecnologías emergentes. Es bastante común ver esto en cámaras y celulares de dos años o más, y cámaras de cuatro años o más.

Lamentablemente, también es el factor más difícil de alterar una vez que hicimos la compra. Mi cámara de fotos, por ejemplo, es vieja y de tan sólo 3,2 megapixeles, pero la calidad del color y la absoluta ausencia de ruido en las imágenes hacen que la siga usando. Ahora bien, cada vez que quiero ver una ampliación, el aparatito tarda un siglo. Mi celular, otro tanto. Ya tiene un par de años, y por ese entonces lo que ofrecía parecía magia: Wi-Fi y cliente para voz sobre IP, por ejemplo. Pero para mantener estos equipos novedosos dentro de precios lógicos, se sacrificaba capacidad de cómputo. Es decir, nuestro tiempo. Los celulares y cámaras actuales que vengo probando parecen un relámpago en comparación.

En la PC prácticamente cualquier microprocesador moderno, hasta los más baratos, nos darán un manejo ágil. La computadora ya tiene más de un cuarto de siglo en el mercado y no se ahorra en capacidad de cómputo.

Se ahorra, en cambio, en memoria.

Memoria

La memoria de por sí es un obstáculo dentro de la arquitectura de nuestras computadoras actuales, a cuya creación contribuyó enormemente el matemático húngaro-norteamericano John von Neumann. Existe un fenómeno llamado la Muralla RAM o Cuello de botella de von Neumann , que proviene del haber separado el cerebro electrónico de la memoria. Dicho simple: "El microprocesador es capaz de ejecutar instrucciones cientos de veces más rápido que lo que se tarda en traer de la memoria los datos necesarios para ejecutarlas. Esto causa que el procesador esté la mayor parte del tiempo inactivo, esperando esos datos", me escribe Mario Bolo, Chief Technologist de IBM Argentina cuando consulto sobre este tema.

Hoy los efectos de la Muralla RAM en el uso cotidiano de la PC ya casi no se perciben, gracias a una serie de antememorias (caché) y algoritmos predictivos que se usan para mantener más o menos ocupado al ansioso chip. Pero basta que nos aboquemos a tareas más esforzadas, como crear un render 3D, para que este cuello de botella vuelva a mostrar los dientes.

Sin embargo, he visto demasiadas PC que tardan mucho no ya en crear un render 3D, sino en abrir un cuadro de diálogo o el menú Inicio de Windows. Esto es un síntoma, en general, de poca memoria RAM.

Es que si el microprocesador es el cerebro de la máquina, la memoria es su mente. Todo lo que haga la PC, hasta mostrar un humilde cuadro de diálogo, debe pasar por la memoria. Si no hay espacio libre en la RAM, la máquina no se detiene, como ya sabemos, sino que hecha mano de un componente todavía más lento, el disco duro. Así que la cosa se pone mucho peor que el cuello de von Neumann. Se pone horrible para los que somos impacientes.

Dejando de lado complejos detalles técnicos, Windows, Linux, Mac OS X, o lo que fuere debe copiar en el disco duro partes de la memoria que supone que no vamos a usar, haciéndole de este modo espacio a la tarea que necesita memoria ahora. Es un clásico. Tratamos de abrir un programa y vemos que la luz del disco se enciende durante cinco minutos, y luego, a las cansadas, dibujándose poco a poco, aparece la ventana de nuestra aplicación. Más sintomático todavía, cuando tratamos de pasar a una ventana que quedó atrás, el disco vuelve a enloquecerse mientras la ventana se dibuja acorde con este esfuerzo. Para empeorar las cosas, el microprocesador sólo habla con la memoria RAM, por lo que todo el trámite de usar el disco duro como memoria se convierte en una danza burocrática sin fin. Trámite que, además, es pésimo en términos de temperatura, porque los discos trabajando sin cesar aportan una cuota no pequeña de calor al gabinete.

La solución es poner más memoria. De ser posible, nunca compre una máquina con menos de 1 GB de RAM para Windows XP, o 2 GB para Vista. Más memoria es más agilidad y un ciclo de vida más largo para el equipo. Insisto: los micros son hoy poderosísimos. Si una máquina se achancha es casi seguramente por falta de memoria. Pídala con 4 GB, y estará comprando futuro.

El disco duro

El peor escenario imaginable se da con poca memoria y discos lentos. No sólo será necesario utilizar mucha memoria virtual (o sea, espacio de disco como si fuera RAM), sino que la escritura y lectura de datos será de una lentitud atroz. En términos de irritación, ambos factores se potencian.

Claro que, ¿quién te dice si el disco es lento o sólo ocurre que sos un superficial fanático de la inmediatez? Un programa como HDTune dará una respuesta bastante confiable. Es gratis y se lo baja de www.hdtune.com . Hoy hay discos capaces de transferir varios cientos de megabytes por segundo (MBps), pero un disco algo añejo puede estar en 50 Mbps, y eso se consideraba muy bueno hace un par de años.

Pero si el HDTune le informa que su disco está muy por debajo de tales cifras y además es una PC con poca RAM, ahí tiene al culpable de sus rabietas.

Ahora, ¿es posible que un virus, por ejemplo, ponga lenta la máquina? Sí, pero ésa es otra historia, de la que hablaremos en otra ocasión.

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